
La alquimia o el camino espiritual no son para buscar resultados. El fin es vivir, no tratar de llegar a algo. Es una forma de estar en el mundo. Pero si hacemos todo esto para que algo pase, no nos estamos moviendo desde la recta acción, sino desde la ambición más vulgar disfrazada con ropaje espiritual.
Vivir desde el sentir profundo de la vida, en el cual experimentamos la inmersión en la totalidad de lo que hacemos —sea ser monje, yogui, deportista, empresario, barrendero, alquimista o lo que sea— nos permite percibir la inmensidad del ser-siendo. Allí no hay conflicto. Allí no vivimos según los mandatos sociales, culturales, familiares o religiosos. Eso es vivir desde lo sagrado, porque estamos viviendo con todo el corazón.
Por lo tanto, utilizar la sexualidad —como se enseña en algunas escuelas— para lograr algo espiritual, sea despertar la conciencia, elevarse, alcanzar un éxtasis, iluminarse, crear cuerpos de luz u otras historias, no deja de ser una forma de auto-explotación. Obviamente, eso no es ni tántrico, ni taoísta, ni alquimista.
Las cosas se hacen porque sí, por sí mismas, no para obtener, tener, lograr o atrapar algo. El problema es que nuestra cultura occidental está acostumbrada al consumo: consumo de objetos, de recursos, de personas, de enseñanzas. Por lo tanto, todo debe volverse utilitario.
El problema es que conceptualizamos todo y, al hacerlo, perdemos la oportunidad de vivir una libertad completamente desconocida para el ser humano común. Entonces adoramos el método, la técnica, el procedimiento, el artificio. Tenemos manuales de cómo hacer el amor, cómo transmutar, cómo elevarse, cómo expandirse, etc.
Y para peor, el catálogo de vínculos es bastante limitado: pareja, amigo, filial… y ahí termina.
Así nos perdemos el florecimiento de toda la riqueza del corazón. El camino es vivir desde la espontaneidad, desde el ser, con toda el alma, desde el silencio donde no hay manual.
Por eso es vivir peligrosamente.
Daniel Curbelo


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