
En el Tai chi y Chi kung decimos que el Yi mueve al chi, o sea la «intención» mueve la energía. Sin embargo si examinamos el ideograma de Yi vemos que su parte superior significa «sonido» y la parte inferior es el ideograma del corazón, por lo cual podríamos decir que es el sonido del corazón.
El Tao no se sigue con reglas.
No se alcanza por esfuerzo.
No se obedece desde la mente.
El Tao se escucha.
Pero no con los oídos externos,
sino con un oído más antiguo,
más profundo,
es el no-oído,
ese que vive en el corazón.
Hay en nosotros una melodía original,
un tono interno que no fue aprendido,
que no imita, que no necesita justificarse.
Ese tono es el sentido interno de la vida.
No es pensamiento.
No es emoción.
No es voluntad.
Es la resonancia del corazón cuando está en verdad.
Cuando ese sonido está afinado,
la acción surge sola.
El cuerpo sabe.
La energía se ordena.
La vida fluye sin empuje.
No hay que forzar el camino,
solo sintonizar.
Por eso el sabio no decide desde el ideal,
ni desde la culpa,
ni desde lo que “debería ser”.
Actúa desde su tono interno,
desde la coherencia silenciosa
entre lo que es y lo que vive.
A eso los antiguos llamaban
la persona verdadera (Zhen Ren):
alguien que no actúa por corrección,
sino por afinación.
Cuando perdemos ese tono,
la mente hace ruido,
el deseo se vuelve ansiedad,
la espiritualidad se convierte en lucha.
Cuando lo recordamos,
todo vuelve a su lugar
sin esfuerzo.
El Tao pide escucha.
Escuchar ese pulso sutil
que no grita,
que no impone,
pero nunca miente.
Ese es el verdadero guía.
El sonido original del corazón.
Y cuando vivimos desde ahí,
el Tao ya está viviendo en nosotros.
Daniel Curbelo


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