
Hay muchas vías espirituales donde la idea central es una ilusión de perfeccionamiento.
Un «yo ideal» al que se nos dice debemos llegar, en cierta forma un «otro» que no somos nosotros mismos.
La vivencia espiritual no es un proyecto de arquitectura interior.
No es intentar corregir la forma humana para que encaje en un modelo celestial.
Se trata de dejar de pelear con la vida.
La espiritualidad no es una escalera: es un regreso.
Un desnudarse, un volver a habitar lo que ya somos
sin pedirle permiso a nadie.
La Totalidad del Ser-Siendo lo contiene todo.
No dice “esto sí, esto no”.
Todo tiene su lugar en el tejido del Ser.
Incluso aquello que no entendemos o que nos parece “negativo”,
porque todo —sin excepción— está sostenido por el mismo pulso primordial.
Aceptar plenamente nuestra humanidad no nos hace menos espirituales.
Nos vuelve verdaderos.
Y una persona verdadera no es un modelo de virtud inmóvil.
No es un santo quieto ni un iluminado congelado.
Es alguien que se mueve con la vida, que cambia cuando la vida cambia.
Alguien que conserva su esencia en medio de todas las formas.
Que no hace teatro, que no se interpreta a sí mismo ni interpreta un ideal,
que no finge claridad ni esconde su sombra.
La persona verdadera es simple, honesta, natural.
No se define: se permite mutar.
Es alguien que actúa sin artificio, que vive desde su raíz,
que escucha la voz de su espíritu sin imponerle la voz del deber.
Y cuando una persona se vuelve verdadera, se vuelve libre.
Libre de la culpa, del ideal y del combate interno.
Libre para vivir desde el centro,
desde la quietud que no necesita justificarse.
Cuando dejamos de negar lo que somos,
cuando dejamos de oponernos a la vida,
cuando dejamos de huir de nuestras sombras,
algo se enciende:
una calma antigua, una claridad que nos reconoce.
No es un camino hacia otro lugar.
Es un abrir los ojos en este mismo instante.
Porque nunca te fuiste del Absoluto.
Y nunca hubo nadie separado del Tao.
Daniel Curbelo
En el Taoísmo Zhen Ren se traduce como «persona verdadera». Se refiere a una persona genuina, cambiante, viva, íntimamente alineada con el misterio que respira en todas las cosas.


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