
Se está confundiendo el “juego de Shiva”, el kridá, con el asunto de la Matrix.
Y lo que ha pasado es que muchos de nosotros hemos recibido una espiritualidad que es como un videojuego, donde hay que pasar pantallas.
Nos dijeron que el camino espiritual era una escalera.
Que había que activar, despertar, desbloquear, subir niveles.
Que si hacías tal práctica, llegabas a tal estado.
Que si no lo lograbas, algo estaba mal.
Y sin darnos cuenta, convertimos la búsqueda interior en un videojuego.
Pantalla 1: despertar la energía.
Pantalla 2: eliminar el ego.
Pantalla 3: abrir chakras.
Pantalla 4: activar kundalini.
Pantalla 5: iluminarnos.
Pero hay algo que no encaja.
La vida real no funciona así. El alma tampoco. Justamente ese es un relato lineal y muy limitado de la existencia, un relato cerrado que no admite complejidad.
La espiritualidad no consiste en volverse alguien especial, sino en dejar de vivir dividido.
No se trata de activar algo que no está, sino de reconocer lo que siempre estuvo ahí. No se trata de llegar a un estado superior, sino de integrar lo que somos, tal como somos. Cualquier modalidad basada en pasar iniciaciones y acumular logros estimula el tiempo psicológico de la mente y nos sitúa en la vulgaridad más ordinaria del llegar, tener, adquirir.
A veces el verdadero despertar no es una explosión de luz, sino una comprensión silenciosa:
no hay lugar a donde ir,
no hay nada que demostrar,
no hay nada que alcanzar.
Tampoco hay esfuerzo para comprender.
Volver a casa es saborear tu naturaleza interna ahora mismo, no mañana ni después de que logres tal o cual cosa.
Lo sagrado no está en experiencias extraordinarias, sino en lo más simple:
estar aquí, sin tener que convertirte en otra cosa.
Si tratar de ser la famosa “mejor versión” es solo otra forma de búsqueda, entonces sumergirte en la totalidad de la existencia es algo mucho más radical:
ser un sencillo ser humano, totalmente humano.
Daniel Curbelo

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