
NADA QUE ALCANZAR
Mira todo a tu alrededor,
escucha el sonido y el
silencio de fondo, solo
hay que permanecer en ello.
No hay nada que alcanzar.
No hay estado que conquistar.
Hay un espacio abierto,
puro, silencioso, ilimitado
que no comenzó contigo
ni termina cuando te distraes.
Siempre está aquí.
No espera ser nombrado,
no necesita práctica,
no se ofende cuando lo olvidas.
Cuando dejas de buscar,
cuando afloja el intento,
cuando el cuerpo descansa sin proyecto,
Eso aparece
—porque nunca se fue.
No es una experiencia.
Es el lugar desde donde toda experiencia ocurre.
De hecho lo que tu crees es tu “yo” está ocurriendo
en ese espacio sagrado
Entonces viene una nítida lucidez
una apreciación intensa de la realidad.
No es calma,
pero en él todo se aquieta.
No es amor,
pero todo amor nace ahí.
No tienes que entrar.
Ya estás.
Solo permanece,
sin tocar,
sin dirigir,
sin huir.
En ese permanecer
la vida se reconoce a sí misma.
NINGÚN LUGAR A DONDE IR
Llega un momento —a veces sin aviso—
en que algo se acomoda adentro.
No necesariamente es una gran experiencia.
Simplemente te das cuenta de algo muy básico:
no eres solo lo que piensas,
no eres solo lo que te pasó,
no eres solo este cuerpo y esta historia.
Hay algo en ti que siempre estuvo ahí,
mirando, sintiendo, atravesando todo.
Y de pronto lo ves.
O mejor dicho: te ves desde ahí.
Cuando eso aparece,
la búsqueda afloja.
Ya no hay tanta urgencia por “llegar”.
Ni por convertirte en alguien mejor,
más elevado, más espiritual.
Entiendes —no como idea, sino por dentro—
que crecer no es sumar cosas,
sino dejar de vivir dividido.
Adviene una lucidez.
Tus ojos brillan diferente.
El tiempo sigue, claro.
Hay horarios, compromisos, cansancio.
Pero ya no te corre de la misma manera.
Hay momentos simples —caminar, respirar,
mirar el cielo, tomar un mate—
en los que sientes algo raro y muy familiar a la vez:
todo está pasando en el tiempo,
pero no estás del todo atrapado ahí.
También cambia la idea de lo sagrado.
Ya no lo buscas lejos,
ni en experiencias raras,
ni en discursos complicados.
Lo sagrado empieza a mezclarse
con lo común.
Con la vida tal como es.
Ya no necesitas pensar en lo sagrado,
ni en sacralizar la materia, empiezas a
salirte de esa dualidad también.
Hay un sosegamiento interior porque
no hay lugar a donde ir, estado que fabricar
o logro espiritual que conseguir.
Y eso trae una calma extraña,
no porque todo esté bien,
sino porque se cae una presión muy vieja:
la de tener que llegar a algún lugar
No hay estado que fabricar.
No hay meta espiritual que alcanzar.
No hay nada que demostrar.
Terrible para el ego espiritual,
descanso para el alma.
Hay Íntima Presencia
Hay existencia viviéndose.
Hay algo en ti que siempre supo esto,
aunque recién ahora lo estés escuchando.
Y quizá eso sea todo.
NADA QUE COMPRENDER
Se cuenta que un discípulo caminaba con su maestro por un sendero.
Cada tanto, cuando sentía que no avanzaba, el maestro le decía:
—Eres materialista.
Pasaba el tiempo, y la frase volvía a aparecer:
—Eres materialista.
El discípulo vivía dedicado a lo espiritual, o al menos eso creía.
Un día, cansado de escuchar lo mismo, se volvió hacia el maestro y le preguntó:
—¿Qué significa para usted ser materialista?
Yo vivo dedicado al espíritu.
El maestro lo miró en silencio y respondió:
—Eres materialista porque no sabes simplemente estar en el presente,
porque no puedes fundirte en la totalidad del Ser-siendo.
Siempre estás en algo.
Siempre tratando de alcanzar algo,
de elevarte, de despertar, de transformarte en otra cosa.
Y todo eso pertenece al movimiento más ordinario de la mente.
En el instante en que no intentas mejorar lo que es,
en el instante en que no buscas otra cosa que este momento,
algo más íntimo y profundo que lo que ocurre se revela.
Eso no es un estado.
Ni son visiones.
Y no hay nada espectacular.
Es la sencillez del estar,
como el corazón de un niño que no necesita comprender nada.
Toda la búsqueda espiritual nace de la idea de que estamos lejos de eso.
Por eso no hay nada que entender,
sino permanecer en el instante sin querer poseerlo.
No hay búsqueda de unión,
porque nunca hubo separación.
Solo hay Íntima Presencia.
Así es como eres hijo del momento.
Daniel Curbelo


No responses yet