
Hay en ti un alquimista silencioso, una conciencia pura anterior al nacimiento, libre de conceptos y creencias. Quizás es la que sentiste en tu más tierna infancia, pero nunca se ha ido.
En la visión taoísta es Yuanshen, el Espíritu Primordial, que actúa tanto como el alquimista invisible como el oro espiritual que se intenta destilar.
Luego hemos creado un personaje social que, además, no es una unidad, sino que es múltiple: cumple muchos roles y está constituido por numerosas subpersonalidades.
En la alquimia taoísta se habla de Shishen, la mente adquirida, que puede convertirse en el operario inexperto que intenta controlar el proceso a la fuerza y, muchas veces, termina arruinando la “cocción” de la energía. Podemos asociarlo también con aquello que hoy llamamos “ego espiritual”.
El problema humano es que nos hemos identificado con ese personaje y con su adhesión psicológica a objetos, tanto internos como externos.
El personaje se construye a través de roles, creencias, religiones, estatus social e identidad espiritual. En el mundo espiritual, además, podemos identificarnos con figuras internas e imaginería sagrada de todo tipo. Por eso no es extraño encontrar personas que terminan presentándose como arcángeles, dioses antiguos o alguna otra figura espiritual.
Una de las claves de la alquimia es la devoción (Cheng): la sinceridad asociada al corazón, que activa una resonancia interna y permite alinearse con el Tao para vivenciar una verdadera transformación.
Quien vivencia lo sagrado desarrolla una intimidad reverente con el Todo. Ahí está su devoción. Esa intimidad genera una profunda coherencia entre mente, corazón y acción.
El alquimista taoísta afina su propio Corazón (Xin) hasta que su frecuencia vibratoria se vuelve indistinguible de la del Dao.
El centro es la Fuente Última. Pero, en el taoísmo, esa Fuente puede experimentarse devocionalmente como un Vacío Luminoso que ya late en el centro del propio pecho.
Este no es un camino intelectual desvinculado de la vida cotidiana. Quien lo recorre practica la meditación, el trabajo con los sueños, el ritual, algún arte marcial, Chi Kung y Tai Chi; puede integrar también alguna forma de trabajo psicológico y, sobre todo, el servicio.
En el Tai Chi, al alternar continuamente entre vacío y solidez, peso y ligereza, expansión y recogimiento, el cuerpo encarna el mapa del Taiji, el principio supremo de la polaridad. De esta manera, las energías complementarias del cuerpo pueden armonizarse de forma orgánica.
El Tai Chi te enseña a mantener un estado de presencia y relajación profunda mientras interactúas con el entorno y te mueves dentro de él.
Ayuda a que la conciencia permanezca presente mientras el personaje actúa en el mundo.
Sin el trabajo físico y energético del Chi Kung y el Tai Chi, la práctica alquímica corre el riesgo de volverse puramente intelectual, fantasiosa o incluso de desconectarse de la salud del practicante.
Cuando integramos también la devoción, la práctica adquiere otra dimensión: se convierte en un camino de integración entre cuerpo, energía, conciencia y espíritu.
Al trabajar de esta manera, el cuerpo se convierte en un templo fuerte, vibrante y suficientemente estable como para contener la inmensa intensidad del despertar del Espíritu Primordial.
Daniel Curbelo


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